Alvear cumple 112 años: entre el orgullo de lo que fue y la urgencia de defender lo que era

General Alvear cumple 112 años y la fecha encuentra al departamento frente a una realidad difícil de ocultar. No alcanza con repetir que se trata del “mejor lugar del mundo”. Una comunidad que ama su tierra también tiene derecho a preguntarse qué pasó con aquel Alvear pujante, productivo y con expectativas de futuro.

Detrás de los 50.209 habitantes hay una economía que se achica: comercios que cierran porque las ventas no alcanzan para sostener los alquileres, fincas abandonadas, productores con precios bajísimos en sus frutas y una preocupante falta de empresas, industrias y trabajo genuino.

La contradicción también aparece en el discurso político. Se afirma que Alvear es agrodependiente, pero dirigentes oficialistas acompañan políticas que favorecen la venta de tierras a extranjeros, sostienen la minería contaminante, relegan la lucha antigranizo y apoyan medidas de ajuste.

También se anuncian oportunidades que “transforman generaciones”, mientras se respaldan políticas que reducen derechos y se celebran salarios por debajo de la indigencia. Se presenta la llegada de un call center como trabajo genuino, mientras la industria continúa siendo una cuenta pendiente.

Hasta el gas natural volvió a convertirse en una discusión política, cuando la realidad habla por sí sola: las conexiones se concretan por iniciativa de los propios vecinos, con recursos particulares y empresas privadas.

La decepción social crece. La oposición está ausente, los medios guardan silencio y el oficialismo administra anuncios y nuevas fechas. Pero señalar esta realidad no significa renunciar a Alvear. Todo lo contrario: la crítica también puede ser una forma de defenderlo.

Porque los 112 años no deberían celebrarse solamente mirando hacia atrás. Deberían servir para preguntarse qué departamento se quiere dejar a las próximas generaciones. Alvear todavía tiene productores, comerciantes, trabajadores, jóvenes y emprendedores capaces de sostenerlo. Lo que falta no es capacidad: falta una política que defienda su producción, su trabajo, sus recursos y, sobre todo, a su gente.